18 ene. 2009

Detrás del Escritorio

Don Alejo no me mira de frente. Esquiva mis ojos. Es más, ni siquiera me habla. Llevamos así, en silencio, media hora. Sé que está triste, sus casi lágrimas lo delatan. Juega con el pisapapeles de su escritorio. Juega con la engrapadora y sus plumas. O no lo hace en absoluto. Solo intenta desviar su mente.
Desde que me llamó para que viniera a su oficina, no ha soltado palabra. Supongo que quiere hablar sobre el estado de la compañía, ya que hemos tenido pérdidas por dos años consecutivos, pero, lo puedo asegurar, no es mi culpa.
En estos casos no se me ocurre nada sobre los principios básicos en cuestiones de interrelación humana, o de etiqueta, si así pudiera decirse, entre empleado y empleador, entre suegro y yerno. Es incómodo. Pudiera darle ánimos. Decirle que con la reestructuración ésta compañía saldrá adelante, no sé. Por fin, después de una hora, decido hablar.
─Don Alejo, no se preocupe. Esta compañía saldrá adelante. Con su experiencia y mi empuje verá que resolvemos todos los problemas.
─No importa, así déjalo.
¿No importa? ¿Así déjalo? Pero qué le pasa a este viejo. Ya sé que tiene mucho dinero metido en el banco, y que le pudiera importar un bledo esta empresa y sus empleados, pero ¿y mi vida? ¿y su hija de qué va a vivir?
Otro silencio desagradable, más para mí, que pensaba que la tristeza de Don Alejo era por su empresa.
Que no me salga con que ya le dio remordimiento por dejar a su mujer, mi suegra, por una veinteañera. Maldito viejo rabo verde, si ya tiene su vida hecha con esa mamacita y su dinero. Que me deje la empresa, la vendo en pedazos y me voy a vivir a la costa.
─ ¿Extraña a Doña Lety?
─No. He hablado con ella y estamos de acuerdo que es mejor así, separados.
No me atrevo a pararme y dejarlo allí con su mirada pegada a los objetos del escritorio. Me siento cansado, aburrido, ya son más de dos horas. Yo también comienzo a jugar con las lapiceras. Las cuento, son siete, dos son de tinta roja y dos azul, por lo que se ve en los tapones; las otras tres tendría que usar un papel en blanco para averiguar de qué color es la tinta. Casi todas son de marcas comunes y corrientes, solo dos parecen ser de calidad. Una es Mont Blanc, o una muy buena imitación. Un día de estos la introduzco a mi portafolio, creo que fácilmente me darían unos tres o cuatro...
─¿Perdón? No lo escuché.
─¿Qué si juegas con tu hijo?
No contesto, es una pregunta, a mi parecer, privada. Claro, yo sé que es su nieto, pero pinche ruco, nunca lo visita. De repente le manda regalos costosos. Si uno le pregunta al Luisito por su abuelo, te contesta: “Trabajando, en la fábrica”, pero me cae si se acuerda de cómo es. Yo casi no estoy con él, pero sí entiende que tengo que trabajar para su futuro. Es más para eso están las mamás y los abuelos.
Don Alejo voltea hacia mis ojos, pero ya no es la misma mirada de odio o fastidio, de soberbia, que me demostraba. Es diferente, no sé, como de melancolía.
Don Alejo abre el tercer cajón y saca un trompo de madera, de esos viejísimos, como de un kilogramo. Enreda el cordón y lo hace bailar encima del vidrio del escritorio. Le veo la cara y sus casi lágrimas por fin pierden la vergüenza y ruedan por sus mejillas. El trompo deja de bailar. Mi suegro lo toma. Se levanta de su sillón. Avanza por mi lado, me pide la Mont Blanc, que con vergüenza saco del bolsillo de mi chaqueta. Saca un papel de su bolsillo y anota unos números. Enseguida me regresa el papel, y la pluma. Abre la puerta de su oficina y antes de retirarse me mira y dice.
─Es la combinación de la caja fuerte, allí están todos los papeles de la compañía. Te dejé una carta poder... y otra cosa, cuando yo esté jugando con mi nieto no quiero verte allí rondando.
Don Alejo cierra la puerta. Me pongo de pié y doy la vuelta al escritorio. Me siento en el sillón. Abro el tercer cajón, introduzco la Mont Blanc y unas cartitas de dibujos animados de Luisito que traigo en el portafolio. Me quedo mirando el pisapapeles, me quedo pensando en mi compañía.

Carlos Martín

5 comentarios:

Jolie: dijo...

asi se pasa la estafeta de la soberbia?

NTQVCA dijo...

El ruco hacía tequilas, je, sorry, humo de domingo por la mañana.

Générique dijo...

El relato es bueno, pero el tema es sutil, muy sutil.

La soberbia y la vanidad son difíciles de distinguir a veces, pero falta ese orgullo excesivo, falta ese afán de no rebajarse a perdir perdón o pedir ayuda; no me parece que sea soberbia.

En cambio la excesiva confianza, por encima de cualquier cosa, ese aire de superioridad, ese "si yo estuviera al frente, yo puedo hacerlo, hazte a un lado ¡no eches a perder MI momento!" Me dicen que esto es vanidad.

Sutil, muy sutil, ¡pero muy bueno!

MauVenom dijo...

... Mmm.

Este es un pecado MUY difícil para mí de juzgar. Es por la puerta de La Soberbia que me toca entrar al infierno sobre las otras seis. Y no es una soberbia así como en tu texto, es una que mucho se ha confundido con competencia y supervivencia. Pero los pecados son cuestión de circunstancia. Y voy a tener que pensar un rato pues cuando leía tu texto sentía una especie de desprecio por el viejo y no por sus acciones si no por su debilidad.

:/

Saludos.

Pinche Vieja dijo...

Que bonito es cuando todas las cosas giran a tu alrededor, me cae.

Dígale al director que ponga una planta en esa oficina.

Un beso.