14 nov. 2008

El buen presentador

Pesadas cortinas de terciopelo rojo con borlones dorados se usaron para evidenciar la pompa del advenimiento. Cortada la media noche, las piernas del telón se despejaron con destreza por los artistas anónimos que fueron contratados por separado guardando todo cuidado.
A través de la neblina de incertidumbre hacía presencia aquél magro ser del que se decía tener trato secreto con el primer muerto en la historia. Su desplazamiento en escena es rúbrica personal; nadie podría asegurar que mueve los pies pues nunca se les ha visto. Esa enorme máscara sin rostro cautiva sin remedio como la duda que guarda el abismo.
Lee la mente de las masas, dicen unos; te hace ver cosas que no existen, insisten otros curiosos reaccionando al efecto del ansia. Aquellos más atrevidos no le elevan más allá de un buen presentador. Con solo doce horas de aviso anticipado, los asistentes abarrotan el lugar doquiera que éste se anuncie; pues la ciudad es escogida al azar; ora en Atenas, ora en Brasilia.
En derredor proliferan rumores que hacen del morbo un postre entregado a pequeños bocados con cada movimiento, cada pase y cada grito de instrucciones. El acto de La mujer destripada será, obedeciendo la costumbre, ejecutado solo una vez. Después vivirá en el recuerdo de los espectadores, provocando millares de columnas y primeras planas en todo el orbe; inspirando libros y guiones cinematográficos, alimentando, como ha sucedido desde hace veinte años, el mito que provee fuerza vital al buen presentador con máscara sin rostro y que flota en escena.

La iluminación en la sala se descolgó poco a poco del acondicionamiento temático dispuesto. Miles de miradas se ubicaron en el personaje cobijado por una luz solitaria que permanecía inmóvil esperando el momento preciso.
Una fracción de segundo en la oscuridad supo a eternidad; todas y cada una de las mujeres en el recinto, incluyendo asistentes en escena, boleteras y acomodadoras, yacían con los intestinos expuestos; niñas tiradas junto a sus madres en profundos charcos de sangre manteniendo a flote entrañas y vísceras arrebatados por sabrá Dios que fuerza.
Los hombres no daban crédito y, entre alaridos, rogaban despertar de la pesadilla; eso para quienes no desmayaron en el instante o volvieron el estómago junto a otros que encontraron en el llanto el mejor refugio.
En escena solo el presentador permanecía inmóvil; indispensable para mantener equilibrada la dualidad realidad/ilusión. Bañadas en sangre, llanto y vómito, doblegadas por el dolor; ensordecidas por gritos propios y ajenos e innumerable cantidad de maldiciones, atestiguaron su propia muerte junto a otras de igual suerte.
En claro arrebato iracundo, un asistente soltó los restos de su amada para vaciar toda su fuerza en el presentador.
Fue hasta que se cansó de golpear máscara molida y ensangrentada que vio lo que sucedía. Miles de personas en perfectas condiciones de miraban absortas su crimen. Ver a su novia en primera fila sin siquiera un rasguño lo arrojó a la locura. Su desicha le hizo azotar la cabeza contra el suelo en insano frenesí que pronto acabó.
Al día siguiente se pusieron a la venta las entradas para la próxima actuación programada a un año con ciudad por confirmar.

Soy Adrián y de este pasquín el viernudo me toca ser.