4 dic. 2008

Subiendo las escaleras, a mano izquierda: la 25

Lo nuestro ya no tenía remedio. No supe si fue el hecho de que yo empecé a amar diferente o la estudiante de licenciatura, una muchacha bajita que cada semana se metía entre nosotros. El caso es que esa vez me lo echó en cara: te desconozco, esos ojos no son los tuyos, ya no hablamos el mismo idioma. ¿Yo? callada, como cuando me reclaman algo y sé que no tiene caso defenderme. Ese hombre alto, con su docker’s negro, camisa azul, saco de lana y oliendo a fresco. Ésta niña con levi´s y camisa negra, con mi eterno cigarro y oliendo a vainilla. La playa hermosa, como siempre; tomando solos como casi nunca, peleando como ya no era nuevo, con ganas de estar solos pero sin el valor para hacerlo.

Cada cerveza era un trago al pasado y aumentaba mis ganas de besarlo, pero mi orgullo me tenía atada a la arena. ¿Te acuerdas cuando…? Eras divertido. Tierno. Eras una inmadura. Demasiada ternura/pendejez/inocencia para mí. Demasiado niñogrande/indiferente/mierda para ti. Dime que puedo irme sin volver atrás. Deja de decir que no pasa nada. No es justo para nadie.

Me besó al despedirse de mí. Un beso lento mientras tomaba mi cara entre sus manos y hacía que volara una vez más. No podía pensar: sólo sentía que mis brazos lo rodeaban y cada vez era más profunda la exploración que despertaba una urgencia y un calor en mi interior. ¿Quieres que me vaya? No. Vámonos.

Pudo haber sido en el carro otra vez, en la misma calle apartada y bajo mil estrellas. Pero se acordó de aquel hotel que tanto nos gustaba: la habitación de siempre. Un seis entre las bolsas, unos cigarros en mi cartera. Yo empanizadita, pues había estado sentada en el suelo. Él impecable pues era gente grande y jamás lo verían jugando con la arena, como a mí.

Sugirió una ducha. Siempre me pedía que lo hiciéramos juntos, pero estallaba en risas y argumentaba que las Carmelitas Descalzas no me habían educado de esa manera y lo dejaba viendo tv o cantándome en la puerta mientras me duchaba. Esa vez no sería diferente: desnuda, me disponía a llenar mi cuerpo con la finísima fragancia de rosas cuando lo sentí sin ropa tras de mí. Sigo sin saber como abrió la puerta y cuando le pregunté, sólo respondió que estaba dispuesto a echarla abajo.

Comenzó a besar mis senos a la vez que su mano derecha corría hacia el sur. Chupaba y mordía levemente cada pezón hasta que escuchaba débiles gemidos. ¿Te gusta? ¿Sabes lo duro que estoy? ¡Maldita sea! Podía verlo a mil y seguir tan tranquila, pero cuando me susurraba con esa voz ronca que me era tan desconocida y familiar a la vez, simplemente perdía la cabeza y me dejaba llevar. Podía pedirme que le diera mi alma con ese tono y yo no lo dudaría ni un segundo.

Salimos del baño, llegamos a la cama y seguía hablando… Quiero que me prestes tus aretes rojos, esos de cinco piedritas. Tómalos y haz con ellos lo que te plazca. La media sonrisa que se dibujaba en su rostro iba perfecta con sus hábiles manos danzando en el interior de ese cuerpo que sería suyo por última vez. Tocaba alrededor del montículo con sus dedos largos y firmes, húmedos de tanto viajar a las profundidades de mi ser. En ese momento decidí que la siniestra debía participar rodeando su pene con firmeza y constancia, subiendo y bajando poco a poco para hacerlo crecer aún más.

De repente se movió para besar mis labios a la vez que los gemidos escapaban de mi boca: con su lengua corría erráticamente por el lugar en el que decía se reunían sus triunfos y derrotas. Lento, firme y seguro. A mi no me importaba lo que hablaba, sólo le pedía que me tomara como no lo había hecho en mucho tiempo. ¿Ah, muy cabrona? Cálale, niña. Jaló mis piernas para acercarme a su miembro y penetrar mi cuerpo de una vez por todas. Hasta que llores y pidas que pare. Una y otra vez arremetía contra mí, haciéndome temblar y recibirlo con mayor coraje cada ocasión, queriendo decir que era suficiente pero mi cuerpo no me permitiría detener el momento.

Fuerte y a veces contra mi voluntad. Hoy no vas a correr. Esa decisión de saciarse aunque tuviera que obligarme, aunque le dijera entre gemidos que me tenía harta y que para eso mejor me hubiera bajado… eso me excitaba tanto que no podía ni siquiera sostener mis piernas sobre sus hombros un minuto más.

Entre jadeos me dijo alguna sandez, pero yo ya había dejado de escuchar: doblé los dedos de los pies y perdí la conciencia por un instante. El tiempo se detuvo a la vez que el alma abandonaba al cuerpo y en una fracción de segundo, me fundí con el universo.

7 comentarios:

SexTypeThing dijo...

Yo por eso cargaba jabon y shampoo en el carro...

LUIS TORRES dijo...

Definitivamente uno ve a Dios en el flash del orgasmo...

NTQVCA dijo...

Hey!, eso de fundirse con el universo me recordo algo, luego vengo...

annie dijo...

OMFG!

Générique dijo...

Buena historia ¡muy bien contada!

Jolie: dijo...

estoy segura que las carmelitas descalzas de algo se estan perdiendo!°!!!

Pciosa6 dijo...

:$