19 mar. 2009

El final del camino.

¡Torcida como un pretzel! Así viene a acabar mi vida, una vida que debió haber sido mejor. Estaba destinada a ser una figura de autoridad. Lo mío no era un sugerencia, era una palabra de autoridad ¡una orden! Pero siempre fui ignorada, siempre, a pesar de ser prominente y brillante, fui ignorada ¡hasta llegue a pensar que era invisible!

“Me has visto ¡Detente!”, “Vamos, obedéceme, ¡es la ley!”, “¡Ufff! ¡Qué cerca estuvo! Tanto riesgo, tanto peligro ¡y todo por ignorarme!” Cuántas veces habré dicho esas palabras, esas cortas frases, pero a nadie le importó, nunca, ni uno sólo me escuchó.

Cuando primero llegué tenía grandes esperanzas, después de todo mi presencia no era únicamente importante ¡era urgente! Al principio pensé que por ser una extraña en ese sitio la gente no me notaba del todo y, además, los hombres, animales de costumbres al fin, cruzaban frente a mi, pero automáticamente venían ya viendo hacia al otro lado. –“Ya me empiezan o notar”– Pensé, –“pronto todos me obedecerán y todo será más sencillo, ¡más seguro!”– Pero nunca sucedió, estoy segura que me veían y aún así elegían ignorarme. Me comencé a volver indiferente, –“aquí estoy, obedéceme o ignórame, ¡me da igual!”– O quise pensar que me daba igual, pero la situación terminó por sumirme en la depresión.

Una vez, una única vez me sentí medianamente útil. Un grupo de adolescentes armados con una lata de pintura en aerosol me convirtieron en su lienzo. Un garabato extraño cuyo significado no comprendía ocultaba ahora esa importante palabra. Por algún tiempo el hecho me dio un sentimiento de propósito, no era para lo que estaba ahí, pero esos adolescentes se veían tan satisfechos con su obra que, por algún tiempo, sentí que era útil, que de algo servía.

Con el pasar de las semanas el sentimiento se esfumó y empecé a deprimirme de nuevo. Intenté incluso de engañarme, –“Lo que pasa”–, me repetía a mi misma, –“es que ese raro garabato oculta mi cara y nadie entiende lo que les digo.”– ¡No funcionó! El garabato estaba ahí, cierto, pero también mis ocho lados, ¡no puedo engañarme! Soy tan universal que no necesitan leerme para saber que estoy aquí, me ven ¡y eligen ignorarme!

Mis esperanzas se renovaron cuando, después de un par de meses llegó la cuadrilla de construcción, que con una estopa empapada en solvente removió aquel graffiti; nuevas esperanzas que duraron no más de medio día, de nuevo era brillante, de nuevo me leía claramente ¡de nuevo me ignoraba la gente!

Transcurrió el tiempo, no se cuánto, ¡mucho! Ya nada me importaba, me acostumbré a ser irrelevante. Ocupaba mi tiempo viendo al sol recorrer el cielo, una y otra vez, viendo las estaciones pasar, los árboles vecinos se cubrían de hojas y flores, nacían sus frutos, cambiaban de color y se deshacían de su vestimenta, hasta quedar tan sólo unas ramas desnudas. Una y otra y otra vez.

Regresaron los adolescentes varias veces y las mismas veces regresó la cuadrilla de construcción, siempre con algunos meses de separación, pero ya no me importaba eso, el paso del sol y el paso de las estaciones eran todo lo que me ocupaba, era lo único a lo que daba importancia.

Fue entonces cuando sucedió, un día al final de un verano. La vi aproximarse rápidamente, la vi clavándome los ojos fijamente y por un momento pensé –“¡Finalmente!”– Un instante después noté que no disminuía la velocidad ¡jamás quitó el pié del acelerador! Le quise gritar –“¿Qué haces? ¡No me veas a mí, yo soy inútil, voltea al otro lado! ¡ALTO!”– Pero todo sucedió tan rápido… se encontró con otro vehículo en la intercepción y en un abrir y cerrar de ojos el desenlace fatal se había escrito ya.

Debajo de los dos autos que ya no eran más que fierros retorcidos y humeantes me encontraba yo, aún firmemente aferrada al suelo, pero ya no vertical, ahora yacía recostada sobre la banqueta ¡retorcida como un pretzel! Pronto llegaron vehículos de emergencia; retiraron los cuerpos y retiraron los autos. Me daba un poco de vergüenza estar ahí tirada, no haber hecho más para evitar esa tragedia, pero ¿qué más podía haber hecho yo? Retiraron todo y con excepción de un paramédico que me miró con un poco de lástima nadie más pareció notarme. Y acostada me dejaron, junto a un poco de sangre, esperando a que llegara la noche.

Me sorprendió ver llegar al día siguiente a la cuadrilla de construcción, siempre tardan meses, esta vez llegaron a día siguiente. Pero no se ocuparon de inmediato de mí; comenzaron por cavar una zanja de banqueta a banqueta, zanja que terminaron por rellenar con más de material del que habían retirado inicialmente y fue entonces cuando me arrancaron del suelo y me arrojaron a la parte de atrás de una camioneta.

Retorcida como un pretzel vengo a acabar mis inútiles días, esperando en un sucio patio, rodeada de fierros oxidados y retorcidos, esperando que algún día me reciclen y me conviertan en corcholatas.

Tan sólo espero que la que ocupa ahora el que fue mi lugar por tanto tiempo tenga más suerte que yo y le muestren un poco de respeto, respeto que a mi nunca me mostraron. Apenas de reojo la pude ver cuando me arrojaban a la parte de atrás de esa camioneta, una señal nueva y brillante, “Tope Aquí” reza esa nueva señal a la que se le notaba ¡se sentía tan importante como cuando llegue yo a ese crucero!

9 comentarios:

NTQVCA dijo...

No creeras que me tarde mas de la mitad del texto para entender de quien se trataba. Sorpresivo y hasta triste. Disfrute tu texto, te felicito.
Besos

NTQVCA dijo...

¡Reclama a la administración que no hayan puesto tu dibujito!

Générique dijo...

Sí, un poquito triste tal vez, pero una historia que se escribe todos los días, de frontera a frontera ¡Ah! Que tierras estas en las que vivimos.

Tu comentario me deja con un par de dudas: ¿qué fué lo que fialmente te dió la pista? ¿hacia dónde creías iba la historia antes de darte cuenta de quién se trataba?


Y sí, reclamaría, pero creo que en parte es mi culpa, así que mejor no digo nada. Por ahora. =(



¡Sonríe!

MauVenom dijo...

:(

Muy triste tu cuento pero bien escrito

muy real, muy duro.

La realidad de muchos objetos e incluso vidas que parecieran nacer para nunca ser vistas.

Prefiero un cuento triste pero realista a uno optimista que no diga nada.

Saludos

Générique dijo...

Mau: Sí, empiezo a pensar que es un cuento un tanto triste. Ahora que lo releí me viene pareciendo más triste que cuando lo escribí. No era esa mi intención.

Duro y medianamente cínico, ese era el objetivo, pero aparentemente en algún punto me perdí en la historia, literalmente, pues la empece a escribir con dos párrafos y una o dos ideas sueltas en mente y al terminar resulto más larga de lo que imaginaba podía ser.

Y lo realmente tágico de la historia es que la vida de objetos y personas terminen por resultar inútiles, no porque hagan un mal trabajo, no, sino porque preferimos ignorarlos. Afortunadamente como personas tenemos la opción de cambiar el rumbo para corregir la situación.

Saludos.

Arlequincita ( Arle, para los amigos) dijo...

Ahhh Gén! ¿Qué es esto de tener que corretearte por toda la Red ? jejeje!

Al principio pensé que era una pared, sólo al final me di cuenta ¡paf caí! que era una señal.

interesante punto de vista! Pobrecita!

Un beso cansado

Générique dijo...

Arle: Entiendo... pero ¿qué se le va a hacer? Algunas veces escribiendo por aquí, otras por allá... igual ¡muchas gracias por pasar! =)

¿Una pared? Sí, supongo que podría pasar, aunque eso no lo ví, pero yo escribí la historia, así que ya sabía como terminaba.

Y bueno, a veces también está lo del lenguaje, procuro mantenerme más o menos neutral, pero de cuando en cuando alguna palabra o término local es suficiente para sacar de balance a cualquiera.



¡Sonríe!

Jolie dijo...

ja! Ay i querido Générique al principio pensé que hablabas sobre la Ley. Cuando podré escribir tan bien sin que me salga algo retorcido o mal hecho

jeje

besos

Générique dijo...

Jolie: Bueno, creo que bien podría haber sido la ley, esa también esta retorcida como un pretzel y también la ignoran todos. Al final era sólo una señal de trafico y la más ignorada de todas, creo.