30 sept. 2009

El niño y la crisis.

Sin duda una de las más odiosas frases pertenecientes a la categoría cliché sensiblero-patético es la de "El niño que todos tenemos dentro" o niño interior.

Primero: ¡vaya lío andar por la vida con un niño atorado adentro!
Segundo: ¿adentro de dónde?, porque habrá que poner en claro dónde lo trae uno, pues más de un recoveco tenemos en el cuerpo, lo que se presta a susceptibilidades, trampas y manías. Mira que andar con un niño metido en la cola puede resultar pornográfico, pero sobre todo enfadoso a la hora del acomodo. Y si uno lo trae atorado en el estómago ¡pues que indigestión!

Pero nada. La patosa frase antropófaga nos remite a la eterna paradoja de: cuando eres chico no ves la hora de ser grande, y cuando eres grande no ves la hora de volver a ser ese niño ingenuo y fresco que va por la vida zurrando sin responsabilidad y todo mundo te aplaude.
Según el canon hay que ver la vida desde el punto de vista de El Principito, ser un elemento puro, de alma limpia, mientras crees que pasando de los treinta años tener el hocico embarrado de chocolate es "tierno": Es que es el niño que trae adentro....

Es el hombre, o sea el varón, el que cae redondo en las ilusiones naïve de este sobrevalorado refranete, sobre todo cuando ha hecho su entrada nada triunfal a la famosa Midlife Crisis ("crisis de la mediana edad").
En ella el macho cabrío por fin toma conciencia de que no fue esa promesa de juventud que todos esperaban, esa lumbrera en que familia y amigos tenían puestas sus esperanzas y que aquello del "mundo me queda chico" ahora nada más se aplica a sus pantalones y camisas.
A partir de esta nueva etapa el macho se da cuenta que no es más que un fardo de decepciones y que todo va cuesta abajo: tiene un trabajo pusilánime de rutina castrante; su mujer dejó de ser la amazona de pubis celestial para convertirse en una ballena de tamaño compacto y además tiene dos hijos que, aunque pequeños, no ven la hora de ensartarle en la cabeza un zapapico tirolés, modelo Trotsky.

Uno de los primeros indicios de la crisis de mediana edad en el caballero es que no importa lo que digas u ordenes en tu casa, nadie te va a hacer caso pues para todos ya pasaste al bando de los que “van de salida”. Sólo es cuestión de tiempo antes de considerar el uso del pañal geriátrico. Se trata de una etapa donde te crece más pelo en las orejas que en la cabeza y la gente que habla a tu casa a las nueve de la noche pregunta “¿Te desperté?”; o bien haces una fiesta y los vecinos ni se enteran. En resumen: estás dormido y los demás piensan que estás muerto.

Sin embargo existe una norma más contundente y mucho más real: mientras el pelmazo del macho cabrío busca aferrarse a su "niño interno" para escapar de su realidad (las idas semanales al puticlub, la amante veinteañera, etc.), quienes realmente se están convirtiendo en niños son sus padres.
Y entonces comienza la diversión, porque además de cuidar esposa, hijos, mascota y camioneta todoterreno, ahora tiene que pastorear a sus padres que comienzan a robarse dulces y frutas del mercado y a decir impertinencias en lugares públicos, además de que para ellos no importa lo que hagas: ¡nunca será suficiente!
En una entrevista los padres de Woody Allen confesaron todavía estar esperanzados en que su hijo recapacitara y abandonara esa vida disipada de melorico del celuloide para por fin ser lo que ellos siempre esperaron de él: un boticario.
—Se gana muy bien en la botica, ¿sabes? —dijo la madre secándose las lágrimas.
Aún sabiendo que su hijo es uno de los hombres más exitosos y ricos del mundo, ellos esperaban que regresara al buen camino siendo droguero

Pero, como en todo, la crisis de la mediana edad tiene su final.
¿Y cuál es?: cuando te comienzas a convertir en tus padres.

2 comentarios:

NTQVCA dijo...

Jaja, creo que a veces esos choros que me aviento para comprarme lo que no tuve cuando era niña, no es más que simple consumismo. Los cuentos que me leía mi papá, las rodillas raspadas y las muñecas que aventaba a la azotea porque no me gustaban es suficiente para recordar y mejor ponerme a trabajar para poder hacer las cosas que me gustan ahora.
Estuvo bueno!

la MaLquEridA dijo...

Cuando le dije a mi esposo que dentro de mi había una niña, no hizo más que poner cara de asombro y empezar a ahorrar, pero no... era la niña que quería jugar con él a la casita, jeje.


Saludos.