24 jun. 2009

Rosa sin aroma.

Entre nuestra banda de amigotes juveniles estaba a quien llamábamos el Isótopo Volador. Era un chico excéntrico que para los quince se había bebido Jalisco, fumado Oaxaca, aspirado Colombia y se conocía a la perfección todas las farmacias y tlapalerías que lo surtían del inequívoco potingue que lo ayudaba a continuar su vuelo entre protones y neutrones de este universo que se le antojaba chico.

Y chico porque el Isótopo Volador ha sido la persona más inteligente que he conocido. Pintaba, tocaba la guitarra y escribía cosas raras de una manera que nos dejaba a todos con el hocico abierto. Eso sí: hablaba poco, muy poco.

En una ocasión me dijo:
—Para mí el problema del nacer no es el filosófico, sino el problema más real de todos: el del hospedaje.
Puse mi mejor cara de pendejo, la que uso en bautizos, primeras comuniones y cenas de facultad, y me quedé callado.
Después de mucho entendí, y tenía razón: el problema más grande al que nos enfrentamos no es al de saber a dónde vamos o de dónde venimos, sino la maldita monserga de tener que buscar dónde albergar nuestros huesos en el espacio por un muy jodido tiempo.

Pero pasó el tiempo y tuvimos que cambiarle de apodo al Isótopo Volador, pues de pronto comenzó a actuar extraño: ¿demasiado solvente en el café mañanero?, nos preguntamos. Carajo, ¡ya no hacen las anfetaminas como antes!, gritamos a coro. Ahora era de menos palabras y a todo contestaba de la misma manera:
—¡Te estás drogando demasiado, cabrón! —lo regañábamos. Y contestaba:
—¡Paranoia!...
O si preguntábamos:
—¿Fuiste al concierto del Tri? —nos respondía con lo mismo:
—¡Paranoia!...
Si yo le decía:
—¿Traes dinero que me prestes?
—¡Paranoia!...
Así que no fue difícil ponerle su nuevo apodo: el Paranoias.

La última vez que vi al Paranoias se me quedó viendo como nunca, me puso la mano en el hombro y me dijo:
—Vi una rosa y quise olerla, pero tuve miedo de dejarla sin aroma.
Después se fue arrastrando los pies.
Me imagino que ahora forma parte de alguna gran conspiración, para hacerle honor a su apodo.

5 comentarios:

la MaLquEridA dijo...

O tal vez forma parte del gran ejército de drogadictos que pululan en las calles y que siempre que veo, me pregunto que fué lo que les sucedió para haber terminado así?.


Saludos.

Rich dijo...

Isótopo volador, está bueno el apodo.
Es un texto entretenido.

NTQVCA dijo...

Hasta em imagine como hablaba, igual que Malquerida, cuando veo gente asi me pregunto que historia habra detras de ese "paranoias"

Adrián dijo...

¡Paranoico!

traan, tran, tran, tara-ra-ra, tara-ra-ra;

traan, tran, tran, tara-ra-ra, tara-ra-ra

tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu-tu

Hermes dijo...

lo interesante de las drogas es que permiten ver la vida de forma distinta a como lo ve la sociedad... por aquello de la disociacion y otros rollos.... el punto no es conocer la otra perspectiva, sino crearla solo y no dejar la primera perspectiva... vivir en ambos mundos, en ninguno y el uno nuevo... tk care, baee