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13 jun 2009

El Espejo.

El poder que sintió de haberse robado una conversación le aceleró el pulso.
Saludó su adrenalina con un “yeah!”, mismo que le corrió por el cuerpo con urgencia.
Aquello era tan vigorizante, tan nutritivo, que desde ese momento decidió convertirlo en su deporte extremo favorito.
Así es, como tirarse desde la azotea con una almohada atada en el trasero como única protección: él ya era un arrojado ladrón de conversaciones.

¿Y por qué no?: unos roban autos, otros arte.
Él simplemente desvalija pláticas, las hurta y las arrebata sin que nadie se de cuenta, las absorbe y las hace suyas.

¿Su modus operandi?
Sencillo: se aproxima a su objetivo hasta sentirse íntimo, pero no desafiante; después deja deslizar su oído suavemente entre las lenguas de sus víctimas, para por último, con un afable pestañeo, llámese “blink”, transbordar las conversaciones a su gran memoria donde las archiva, cataloga y etiqueta, una labor metódica y mecánica, pero siempre placentera.

Entonces en la noche se mira fijamente al espejo, acercándose a él lo más posible; y con el cuidado y dedicación del típico coleccionista decimonónico frente a la tumba egipcia, va retirando de su mente una a una, conversándolas en voz baja, lentamente, hasta que el espejo queda impregnado de un exquisito vaho, guardando así sus conversaciones robadas.

12 jun 2009

Secretos


Still, there can be no material objection to
two. And really between two and three,there is merely a single unit of
difference. I ventured, perhaps, upon four. My wife will have it five; -- but,
clearly, she has confounded two very distinct affairs.
- Edgar Alan Poe

No camino más entre la gente; un hecho meramente circunstancial, el tiempo siempre es una restricción. Usar el transporte colectivo no es práctico, ir al banco es más efectivo en línea y cerca de media noche el supermercado está prácticamente vacío. De alguna forma extraño los fragmentos de conversaciones que es imposible no escuchar entre las multitudes en lugares públicos, conversaciones casuales, intrascendentes, indiscreciones que la gente no puede callar, que fuerza en nosotros cuando nos es imposible escapar.


Mujeres en su mayoría son las que hablan sin cesar, las que no pueden callar; algunas se quejan con su comadre, con su vecina, con alguna extraña que se a sentado a su lado, de los precios de los alimentos y los servicios, del calor y lo atiborrado de gente que va el transporte colectivo, mientras ignoran a sus angelitos, que torturan a uno o dos viajeros.

Las más consideradas, apenas una o dos, hablan con dulzura a su pequeña niña, en voz baja le relatan la agenda del día: al banco, a pagar luz y teléfono, al supermercado, a recoger la ropa de la tintorería y a la casa a preparar la comida. Les relatan la rutina diaria como si fuera una gran odisea.

Los estudiantes, ruidosos e inquietos, desesperan a la gente a su alrededor y la incomodan con sus lenguaje y conversaciones obscenas. Más divertido es mientras más se incomode la gente y los alienta a hacer aún más escándalo.

Los trabajadores, si no hablan de futbol, hablan de la secretaria, de lo buena que está y que si no se acuesta con todos seguroes porque se acuesta con el jefe, hablan de cómo suponen que logro ascender a su actual puesto y sueldo, cambiando favores por prestaciones, y de cómo les gustaría ser el jefe, para también ellos meterle mano.

Y las adolescentes, paradas muy cerca una de la otra que en voz baja intercambian confidencias. Alguna de ellas me mira indiscretamente, hasta que nuestros ojos se cruzan por apenas un segundo antes de que desvíe la mirada de nuevo, ríe un poco, susurra algo al oído de su amiga y se sonroja.

Cuando las conversaciones en el trabajo son cortas, insípidas, apenas fragmentos de manuales técnicos; extraño esas conversaciones ajenas, conversaciones incompletas que con frecuencia no hacen sentido, pero que, por lo mismo, invitan a pensar, echan a volar la imaginación que se encarga de construir un principio y un final para ese pedazo de conversación que logramos captar durante el breve encuentro cotidiano con extraños.

Y si con alguna de esas conversaciones me he de quedar me quedo justamente con la que no alcancé a escuchar, aquella que se confío en voz baja y al oído para después sellar el secreto con una cómplice sonrisa.

9 jun 2009

Anulados

La ventana de la recamara de Elías da a un lado de la calle, la curiosidad por escuchar las conversaciones se va convirtiendo en mortificación, por la señora que apura a su hijo para ir a la escuela mientras lo regaña por no haberse terminado el licuado, la niña que grita a sus amigas que la esperen, de la novia celosa que reclama a su compañero porque saludo a la Lourdes, del hombre de voz tosca que en una llamada pone precio a su trabajo para matar a una mujer…


No puede dejar de “verlos” toda la noche, de adivinar sus caras, de preguntarse si el novio acosado finalmente le dio un golpe a la celosa, si el niño deliberadamente sigue sin tomarse el licuado, atormentándose por el destino de la mujer que quizás sea tan despreciable que alguien es capaz de pagar por desaparecerla…


Intenta de todo para conciliar el sueño, hasta que comprende que la cosa es más sencilla de lo que se cree. Funciona más o menos así, ellos no existían antes, por la simple razón de que no sabía de su existencia, de pronto los rostros adivinados se van decolorando, mientras da la espalda a la ventana se olvida de la música que pone para dormir, se va fundiendo en su sueño hasta que la voz del que canta se va borrando hasta desaparecer, anulada, junto con el ruido del fondo.

8 jun 2009

Mal de ojo

La ruta de microbús del lugar donde vivo debe de tener como 3 microbuses solamente, lo deduzco porque se tardan una eternidad en pasar. Cierto día iba yo caminando a la parada y faltándome una cuadra para llegar que veo pasar el pinchi micro en chinga, eso solo determinaba un escenario, yo parado en una esquina durante media hora o más esperando el pinchi micro.

En esos casos ya ni llorar es bueno, porque se arruga uno y el hígado se hace piedra y nomás termina amargado. Así que me senté en la banqueta, me puse mis audífonos para escuchar mi ruido del demonio  y me puse a ver como pendejo los carros pasar, uno tras otro.

Hubo un momento de increíble casualidad en que la pista que escuchaba llego a su fin y quedé indefenso ante el ruido ambiente del lugar donde estaba,  no me había dado yo cuenta de que justo detrás de mí había un par de señoras hablando,  y ahí fue cuando escuché aquella frase que tanto me castra.

Mal de ojo.
El morbo y curiosidad me hicieron poner pause a mi reproductor.

A mí no me gusta creer en nada sobrenatural o paranormal sin embargo les tengo cierto respeto a esas chingaderas. Hablo de fantasmas, posesiones y demás. Lo que si me encabrona es escuchar cosas como maldiciones, encantamientos, maldeojos y demás menesteres por el estilo. Me caga.

 

-Dicen que encontraron una mona escondida en la sala de la casa.

-Hijole, eso ha de ser el motivo de las desgracias de la familia.

-Yo le dije que la quemara, hasta entonces el trabajo dejará de funcionar.

-Ay qué bueno, fíjate como nos ha dado en la madre la muñeca esa.

-Sí, también le dije que llevaran al párroco para que bendijera todos los cuartos de la casa, para que quede todo bien.

-Que bueno,  yo conozco un señor que hace limpias en una ranchería aquí cerca, también le voy a comentar, quienquita y pueda venir a hacer algo.

 

Después de todo eso, decidí, demasiado tarde según creo, volver a poner play a mi reproductor y escuchar de nuevo mi ruido infernal.

Mi vida no atraviesa por el mejor de sus momentos actualmente, yo sé que no es cuestión de suerte ni nada de eso, tampoco me imagino culpando a una muñeca objeto de algún trabajo de embrujamiento o algo así por lo culera que a veces parece la vida, no, cada quien  es culpable en mayor o menor medida de la mayoría de  los problemas que se le atraviesan,  todavía no quiero creer en que existen cosas así de extraordinarias, todavía no.